San Lorenzo está estresado. Agotado. Preocupa su intensa empatía con la derrota: no consigue desarticular el mecanismo del agobio crónico. Está ajado. Está oxidado. Y necesitado de paz. Requiere fútbol y clonazepam. Juan Antonio Pizzi vuelve a Boedo, entonces, en circunstancias similares con las que debió convivir en su primer ciclo, que abarcó de agosto de 2012 a diciembre de 2013, cuando fue campeón y, posteriormente, renunció.

Pizzi fue reconocido con delay. Su legado trascendió el juego ofensivo, incisivo. Supo decir, en una charla que mantuvo con Olé en octubre de 2012, que en su carrera se había “preocupado siempre mucho más por ser buen trabajador, honesto, responsable, que por ser exitoso”. Probó que esto era cierto en su año y medio en San Lorenzo

Poco afín a la combustión mediática, corrió al club de la cadena nacional del despiole, bajó varios escalones el perfil -sucedió nada menos que a Ricardo Caruso Lombardi- y planteó pautas claras de trabajo. Su sencillez no lo privó -ni lo priva- de ser estricto. El botón de muestra, cuando decidió marginar del plantel a Luis Aguiar por una indisciplina. El volante uruguayo, de gran técnica y visión, rescindió luego de discutir con el deté y de probar su autoridad ante los micrófonos. Cuando intentó el jugador cicatrizar la herida, ya era demasiado tarde… Además, marcó claras pautas de trabajo: cuando llegó, algunos se entrenaban en cuero, otros en remera, varios más en pechera… Con él, la prolijidad marca un estilo, una forma de hacer las cosas. Pasar la página para archivar las turbulencias de la era Almirón aparecen como uno de sus objetivos.

Partidario de la elasticidad, siempre se mostró permeable a la adaptación. Se acomoda a las circunstancias y busca potenciar los recursos propios (incluso con decisiones que recién con el tiempo se verificaron como acertadas, como convencer a Julio Buffarini que rendiría mejor de 4 que de 8) y, en todo caso, apuntalarlos con pocas incorporaciones. Entre 2012 y 2013, además, con constancia recuperó física y futbolísticamente a Ignacio Piatti -en el primer semestre de su ciclo sufrió lesiones que no le permitieron jugar con continuidad- y a Juan Ignacio Mercier, quien había llegado con poco ritmo del fútbol de Qatar. Los dos se convirtieron en figuras indiscutidas de su máximo logro, el Inicial 2013. Y aspira a lograr lo mismo con Fernando Belluschi, si es que el volante decide continuar en el club. 

Pizzi concibe al fútbol como una suma de estructuras. Su visión excede a la cancha auxiliar del Nuevo Gasómetro. Evalúa los recursos experimentados, que casi siempre son finitos, y busca en las Inferiores lo que hace falta. Un dato comprueba la afirmación: su primer paso como deté haya sido pedir una reunión con los encargados del área juvenil (Fernando Kuyumchoglu, con quien mantenía diálogo permanente en su primera etapa, y Hugo Tocalli). Supo dosificar pibes sin avivar demasiado el fuego del horno. Esperó y le dio minutos progresivamente a Ángel Correa y a Héctor Villalba, y también -pero con menor éxito- también a Matías Catalán, Leandro Navarro y Rodrigo Contreras. Al hacerse cargo del timón en este sinuoso 2019, ya pidió referencias entre otros de Matías Palacios, Adolfo Gaich, Alexander Díaz, Federico Gattoni y Manuel Insaurralde, además de los ya conocidos Marcos Senesi, Marcelo Herrera y Nicolás Reniero. Ve potencial, aunque no la necesidad de apurar presencias. 

Pizzi podrá anestesiar. Laburar, como siempre. Pero milagros aún no se le han comprobado. San Lorenzo deberá darle tiempo. Supo decir en 2013 que el plantel “estaba para ser campeón en dos años”. Al poco tiempo, al título del Inicial se sumó -ya con Bauza- la Libertadores. Él ya había sentado las bases.