La respuesta a esta pregunta es relativa pero en un principio deberíamos decir que no. Hay mucha gente con un exceso fuerte de peso que decide volverse activo para adelgazar y lo primero que se le viene a la cabeza es: ¡voy a correr! En estos casos correr puede ser una opción poco recomendable, veamos el porqué.

Un exceso de peso suele ser sinónimo de vida sedentaria. Nuestros músculos, huesos y articulaciones se han acomodado a no hacer nada y correr es una actividad de alto impacto por el simple hecho de golpear con frecuencia el pie contra el suelo.

De ahí que las posibles lesiones sean la principal razón para desechar la carrera como método de adelgazamiento, al menos en un principio: rotura por microtraumas, periostitis o tendinitis son los ejemplos más frecuentes.

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En personas que sufren obesidad la grasa se acumula en zonas donde se dificulta la correcta realización de la técnica de carrera, por tanto aparecen movimientos poco ergonómicos que cargan y contracturan músculos o solicitan demasiado los ligamentos de las articulaciones, algo que nos puede llevar a sufrir más lesiones.

Las articulaciones del tobillo, rodilla y cadera también sufren cada vez que el pie impacta contra el suelo. Además de ese impacto, las articulaciones tienen que soportar todo el peso corporal, que en el caso que nos ocupa no es poco.

¿Qué es lo que está fallando? El principio fundamental del entrenamiento: adecuación de la intensidad. En personas obesas que tienen olvidado el hábito del trabajo físico lo primero es adaptar la carga de entrenamiento: correr, por despacio que se corra, es una actividad de media-alta intensidad. La solución pasa por comenzar andando o plantear otro tipo de actividad.

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Comenzar andando es mejor opción, así el cuerpo se va acostumbrando poco a poco a hacer actividad física, huesos y músculos van cogiendo tono y al mismo tiempo vamos perdiendo peso.

Con el paso de los días se puede modificar la intensidad andando más rápido o eligiendo recorridos más exigentes. La paciencia es el principal ingrediente hasta que el peso se reduzca, nuestro cuerpo se habitúe a la actividad y podamos comenzar a correr sin un alto riesgo de lesión.

También se puede pensar en otras actividades que no sean de alto impacto y sigan manteniendo ese componente aeróbico como pueden ser la natación, la bicicleta o clases colectivas que impliquen gran parte de la musculatura. La cuestión está en descubrir una actividad que nos motive para ser fieles a su práctica.

Este artículo fue publicado originalmente por Juan Lara en julio de 2008 y ha sido revisado para su republicación.

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