Estoy lejos de considerar ‘Expediente Warren’ y su secuela obras maestras del cine de terror moderno: su trabajo de atmósfera me resulta interesante, sus dos cazafantasmas protagonistas son creaciones reseñables y está claro que adelantan por la derecha, con su elegante puesta en escena, a la inmensa mayoría de películas recientes de casas encantadas y posesiones light. Pero no son las mejores películas de Wan, ni dentro (‘Silencio desde el mal’ es una maravilla infravalorada, ‘Saw’ es altamente reivindicable) ni fuera (ya querrían los Warren verse contagiados por la desvergüenza de ‘Aquaman’) del género.

Por ello, con la inevitable avalancha de precuelas y secuelas que han generado los Warren (podemos incluir hasta las ‘Insidious’, ajenas argumentalmente, pero indiscutiblemente vinculadas en lo estético y temático), me suelo quedar con las entregas más chifladas antes que con las más respetuosas y tranquilas, y disfruto con hallazgos inesperados y sin avisar. Prefiero el clima enrarecido y absurdo de ‘Annabelle Creation’ que su abismal precedente, la peor película del warrenverso. Y a veces, la trotona atmósfera gótica de ‘La monja’ era preferible al exceso de solemnidad, casi involuntariamente autoparódica, de las ‘Expediente Warren’.

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Por eso me presenté a ‘La Llorona’ con las expectativas relativamente altas. Aún sabiendo que lo que me esperaba era una mera repetición de los códigos, los recursos y las soluciones narrativas habituales en el warrenverso, la presencia de una criatura procedente del aterrador y necromaníaco folclore latino subía las apuestas. La propuesta tenía aires en común con ‘La monja’: si allí los siniestros laberintos morales del catolicismo daban pie a un monstruo escabrosamente familiar, aquí un trasfondo de venganzas con sabor a México permitía suponer un trasfondo de pasiones oscuras y perturbadoras.

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Pero no es así porque la película desaprovecha (con una insistencia que solo cabe pensar que sea premeditada) las sugestivas posibilidades que, sin duda, el guión de Mikki Daughtry y Tobias Iaconis han tenido en cuenta. El paganismo furioso de las religiones latinas, la perturbadora historia de origen del espectro, la apariencia de La Llorona como una novia del Más Allá, el gimoteo que avisa de su presencia… están en la película del debutante Michael Chaves, pero por todo ello se pasa sin incidir en su jugosa morbosidad y en el apasionante discurso, común a buena parte del folclore latino, de la familiaridad de la muerte.

‘La llorona’: otra mediocre piedra en la construcción del Warrenverso

El esquema argumental de ‘La llorona’ es muy similar al de otras películas recientes del género: una madre viuda (Linda Cardellini) tiene que proteger a sus dos hijos (Jaynee-Lynne Kinchen y Roman Christou) del acoso de un espectro, el fantasma de una mujer mexicana del siglo XVII que en el pasado asesinó a sus niños como venganza tras un ataque de celos. Para someter al fantasma contarán con la ayuda de un santero (Raymond Cruz) que conoce las tácticas para enfrentarse a La Llorona.

El esquema argumental, como puede verse, sigue punto por punto todos los tropos del género en los últimos años, lo que incluye determinadas convenciones que deberíamos empezar a superar, como la aparición salvadora de un experto que conoce los rituales, orígenes y debilidades de los fantasmas. Ha acabado convirtiéndose en un recurso para guionistas perezosos, que tienen a alguien perfecto para encadenar flashbacks, ofrecer soluciones y hacer salvamentos de última hora, por supuesto de forma mucho menos trabajada y carismática que los personajes similares de ‘Expediente Warren’ o ‘Insidious’.

Lallorona2

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De hecho, y como suele pasar en estos casos, la película funciona mejor cuanto más prescinde de imitar a sus mayores y más se sumerge en una mera carrera de sustos. La mayoría erran el tiro, pero algún momento convincente y de curiosa poética se escapa: la aparición ante la niña en la piscina propone una peculiar atmósfera en la que la lluvia funciona como remedo de las lágrimas del espectro. Y hay alguna solución visual que hace pensar que Chaves podría haber inyectado más brío en las imágenes: el estupendo (pero inútil) plano secuencia inicial siguiendo a los niños por la casa, o algunos frenéticos travellings de acoso al hogar en el último tercio, que recuerdan fugazmente al Sam Raimi más descocado.

Son momentos aislados, como lo son las buenas interpretaciones de la familia protagonista o la peculiar encarnación de Cruz como un santero próximo a un action hero. El espectro de La Llorona está tan disuelto en las convenciones del warrenverso que incluso visualmente tiene mucho en común con el fantasma de ‘La monja’, aunque se presente en una galería cromática distinta. Hasta ese punto ha llegado esta franquicia, a muy pocos pasos de ser considerada una ‘Paranormal Activity’ al uso.